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Marta

Se lanzó al mundo como quien se lanza a una piscina. Desde el primer día decidió atravesarlo sin miedo y sin tapujos. Con su arrolladora personalidad y de frente, sin mentiras, mirándolo a los ojos, continúa unas veces con látigo y otras con bromas y sonrisas hacer que todo gire a su paso.             Esa niña alegre, que se reía desde que abrió por primera vez sus ojos al mundo, que bailaba antes de sujetarse de pie, y cantaba antes de saber pronunciar más de tres palabras, se fue convirtiendo en una mujer fuerte, en quien poder apoyarse, que tan pronto te hacer reír hasta llorar contando sus aventuras, como te escucha y da consejos como pocas amigas saben hacer. Me consta que son muchos los afortunados que así la consideran y saben el valor que ella le da a la palabra amistad.       No sé si al final se dedicará al mundo de la farándula, será abogada o empresaria… sea lo que sea no me cabe la menor duda de que será feliz, consiguiendo de paso que todos los que le rodeamos vivamos intensamente cada momento.         Felicidades Marta. Sigue lanzándote a la piscina; consigues que los demás queramos hacerlo a tu lado.             Texto y Fotografías : Marta Areces

Luces y sombras

    Ayer fue uno de esos días donde ambas estaban muy presentes; las luces y las sombras combatían por ejercer su protagonismo, y resultó agotador alejar unas para que brillaran las otras.     Alegría y tristeza se mezclaban continuamente, obligándome a estar más atenta de lo normal a lo que estaba ocurriendo alrededor que en lo que mi mente se empeñaba en recordar. Creo que gané la batalla -al menos durante las horas más importantes-.           Así, alguien que ya no está físicamente pudo quedar apartado, para que brillara el trabajo de quien prefiere estar en la sombra.     Muchas cosas les unen: esfuerzo, sacrificio, tesón, genio, constancia y cincuenta años cerca de mí.   Luces y sombras. Necesarias las unas para que existan las otras.               Fotografía y texto: Marta Areces

Felicidades Princesa

Hay princesas de libro de cuento. Y esas no son reales. Son princesas porque un príncipe se enamora de ellas por bellas, o porque son hijas de reyes… o porque el destino y un hada madrina se encarga de ello. Y sobre todo porque alguien las inventa. No son de carne y hueso, y normalmente su forma de ser hoy en día sería insoportablemente cursi. Hay princesas de “sangre azul”. La mayoría de las veces no tienen más remedio que asumir ese papel. Les viene impuesto. Se les educa desde que nacen para representarlo y salirse de ese camino es aún más difícil que “dar la nota” para cualquier mortal sin apellido conocido. Es muy difícil asumir el papel de princesa si no has nacido ni te han criado para representarlo.   Pero algunas personas lo llevan innato. No es que se te diga “princesa” como piropo, por bonita o salada… hay mucho más implícito en esa palabra. A Cristina le llegó sin enterarse. Su abuelo le dijo un día que ella era la Princesa de El Rebollal. Y si se lo decía Tito, iba a misa. ¿Por qué habría de dudarlo? Así que llegó al colegio con tres años y se presentó: Soy Cristina López Areces, princesa del Rebollal.   No entendió por qué se reían. Estaba claro que esos niños y esa maestra no entendían nada de nada. Pero pasaron los años. Cristina López Areces pasó a ser Cristina Areces López (era importante tener los mismos apellidos que su abuelo para ser aún más él) y sin presumir de su realeza decidió a base de tesón, trabajo, esfuerzo, mucho mucho sacrificio, elegancia y saber estar, demostrar que no hacen falta títulos plasmados en un papel, ni padres de alta alcurnia para ser una princesa. Una princesa que trabaja duramente, que tiene una mirada y un porte dulce y exquisito, a la vez que firme. Que sabe dar cariño y consejos. Que en la distancia (larga y corta) se hace valer y responde por ella y por los que quiere. Debo ser comedida: como buena princesa es discreta. Y esto no le gustará nada… pero es mi blog. Y ella es mi hija Felicidades Princesa _mg_6073_0130 rebollal_15 n-y-2008020 cristina-_012 cristina_2008017 cristina-_010 rebollal_34 l1330913 l1330735 l1320939 junio_2015_2766 dscf3496  junio_2015_4953 dscf3387-copia dscf2272 dscf3290 111-dias-con-alfredo10   dscf3227

Soledad

    DSCF9442-2     A veces la buscamos voluntariamente, sabiendo de antemano que tendrá un tiempo finito y la apartaremos tan pronto nos saciemos de ella. Cuando la alcanzamos respiramos hondo y solo pensamos en disfrutarla. Tiene una caducidad predeterminada: minutos, horas, a veces días… Su final llega en el momento previsto, y si la volveremos a desear encontraremos la forma de conseguirla. Otras veces llega de forma involuntaria. Aparece disfrazada de melancolía o profundo pesar y siempre inevitablemente con el sufrimiento causado por la pérdida de algo o alguien querido. En estos casos, aunque es difícil quitársela de encima, los que te aprecian pelean contra ella. Lo normal es que poco a poco la balanza vaya cediendo ayudada también por la propia voluntad, hasta que conseguimos apartarla casi totalmente de nuestro lado. Pero cuando llega de puntillas, sigilosamente, te coge desprevenido. Espera a hacerlo cuando estás rodeado de gente, en lugares públicos, normalmente con amigos o conocidos que te están contando algo agradable, nada puede hacerte suponer que llegará hasta ahí. Entonces, poco a poco te dejas envolver en sus brazos mientras las risas se apagan y las personas se van diluyendo hasta que desaparecen…. Has entrado una vez más en su refugio y sientes que no quieres salir de él.       Texto y fotografía: Marta Areces        

Tatá

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“¿No podéis columpiaros como los demás niños? Os vais a matar!!!! Pericos, que sois un os pericos!!!!!”

Así, unas veces entre lágrimas y otras entre risas, como la vida va acompañada de la muerte, fueron los recuerdos contados por amigos y familiares en estos días. Cosas parecidas recordaba días atrás sola, normalmente en estas largas noches en las que no podía dejar de pensar en ella y todo lo que últimamente me mantiene insomne. Tenía y tengo claro como quiero que sea su recuerdo. Estos últimos meses sobraban, y sé que las imágenes que me vendrán dentro de poco serán la del “perico” rubio y extremadamente delgado que jugaba conmigo en la huerta. La rubia pre-adolescente con la que intercambiaba ropa, la que más y mejor saltaba a la comba, la que me fascinaba porque iba a Inglaterra cuando yo tenía miedo a perderme por Oviedo. La que a pesar del tiempo que podía transcurrir ya en la madurez de nuestras vidas entre un encuentro y el otro, la conversación se mantenía como continuación de la hablada un día antes.

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Nuestras vidas tan paralelas en la infancia fueron cada vez más diferentes al ir pasando los años, pero el cariño nunca disminuyó. Cuando dejé de volar por los aires tirándome a los brazos de Alfredo (que más de una vez se llevó un buen susto por cogerlo desprevenido), pasé a colgarme a su lado de los árboles de nuestra querida huerta, mientras Ana nos esperaba en tierra firme preparando “la comidita”.   Luego pasamos a ir a bailar a El Parke… los primeros ligues… primeras confidencias…

Cuando los años y algún que otro problemilla me impidió hacerlo físicamente, llegó la fotografía para enseñarme a volar de otra manera. Y ahí vino ella a ser mi más ferviente admiradora. Tanto creyó en mí que me regaló una colección de fascículos fotográficos al que curiosamente le faltaba el número 11. No tuvo la menor duda: “Está claro que falta ése porque será el que se dedique a ti (nací un 11 de noviembre)”

Cualquier entrada a blog o pequeña nota de prensa sobre mí, tenían respuesta rápida con su firma, siempre alentadora y de felicitación. Cuando éstas empezaron a hacerse de rogar o venían de la mano de un pequeño whats supe que la cuenta atrás comenzaba ya en serio.

La última vez que entré al laboratorio fue para positivar una fotografía suya, y la última vez que la vi tenía en su cama los recortes de prensa sobre mí… “al final he tenido que conocer tu estudio por el periódico…”

Una hora dulce, alegre y amarga, extraña sensación que me queda, feliz de haber podido estar, triste de saber que sería la última.

“Me prestó mucho verte Tati…”, suave beso en la frente “ A mí también me prestó mucho”

La imagino con Ana preparando la comidita a nuestros padres que las estaban esperando para protegerlas y hacerles más fácil la estancia… y deseo que haya un árbol muy alto para que lo subamos cuando volvamos a encontrarnos.

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Silencio Interior

Cuando llego a casa la cola de mis gatos se vuelve como un plumero mientras caminan alegres, casi de puntillas, delante de mi, bailan, se enroscan alrededor de mis piernas… me demuestran su alegría al verme.

Las personas demuestran sus sentimientos hablando y escribiendo, llorando juntos las penas y celebrando las alegrías. Explican lo que les ocurre, razonan los problemas o cuentas historias cotidianas para pasar un buen rato. A veces hay gritos, otras susurros, sonrisas, miradas, caricias…

A veces la cabeza duele de tanto gritar, de tanto explicar, de tanto hablar inútilmente, hasta que te das cuenta que lo estabas haciendo para dentro, nadie oía tus historias porque no supiste explicarlas.

Es el momento de alargar los brazos y sumirse otra vez en un silencio interior.

Texto e Imagen: Marta Areces

“Penúltimo Viaje”

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Aunque en los días que pasamos juntos me repitió varias veces que era su mejor viaje a Benidorm, me imagino que habría tenido otros superiores con la persona que durante 60 años fue su pareja. Pero es cierto que convivir padre e hija durante 10 días solos, por primera y última vez a esas alturas de la vida era casi un reto (salvado holgadamente), y hasta los largos silencios no hicieron más que reforzar ese lazo tan especial que siempre hubo entre los dos. Penúltimo viaje07 En ese momento fotografié nuestro día a día, y volqué las imágenes en una carpeta que titulé de forma premonitoria “Penúltimo Viaje”. Ese 26 de mayo años cumplió 83 años y allí lo celebramos con la promesa de volver en octubre… Penúltimo viaje18  Texto e Imágenes: Marta Areces

“Días lentos”

_DSF3807 Cuando Cristina era pequeña, a la salida del colegio me dijo: “mamá, ¿hoy también tenemos prisa?” Casi veinte años después sigo con prisa… Siento que no llego a lo que quiero hacer. Que no dedico el tiempo necesario a las cosas que me gustan y enriquecen y debo hacer muchas otras que no me agradan o no me apetecen (sí lo sé, así es la vida y así les pasa a la mayoría); así que tengo prisa. Prisa para llevar a cabo lo programado y al final del día me entra el desasosiego y la culpabilidad por lo no hecho. En las noches la cabeza quiere “adelantar” trabajo y si hay suerte aparece un momento de lucidez convertido en idea que rápidamente intento plasmar en un papel para que no se me olvide; pero la mayoría de las veces lo único que consigo es multiplicar el cansancio y los problemas, acumulándolos en un círculo vicioso que crece y crece… hasta convertirse en una montaña enorme al lado de la cual me siento chiquitita. Así que en los días que pienso que puedo con todo y soy capaz de comerme el mundo sólo queda una opción: correr. En estos días, los que tenemos dificultad para encontrar las diferencias entre lo que es importante o menos importante vamos a por todas, y nos embarcamos en un conflicto agotador, que suele dar lugar a lo que yo llamo “días lentos”. En los “días lentos” los brazos, piernas y sobre todo la mente se niegan a actuar. El cuerpo pesa mucho más, como si llevaras cadenas colgando de las extremidades y la fuerza de la gravedad tirase fuertemente de ti hacia abajo. Como en esos sueños en los que corres y corres y no te mueves del mismo sitio y el lugar al que quieres llegar cada vez está más lejos… Y me visualizo desde un plano superior, quieta, con los brazos colgando, sin poder hacer otra cosas que mirar como el mundo gira y gira deprisa y no puedo hacer nada para seguirlo. Imagen y Texto: Marta Areces

Rejas y Libertad

_MG_8127 Aquello que permite al ser humano decidir si quiere hacer algo o no, lo hace libre, pero también responsable de sus actos. Según Wikipedia: la palabra inglesa para libertad, freedom, proviene de una raíz indoeuropea que significa "amar"; la palabra de la misma lengua para decir miedo, afraid, viene de la misma raíz, usado como contraposición a libertad mediante el prefijo a por influencia del latín vulgar. Hay personas que luchan y mueren a diario en nombre de la libertad. Arriesgan sus vidas por casarse con alquien a quien aman de su mismo sexo; por mostrar sus melenas al viento quitándose el velo exigido en su calidad de hembra; por subirse a trenes en marcha huyendo de guerras y pobreza buscando una oportunidad… Otras veces nos quejamos de las enormes vallas que nos ahogan, sin pensar si son nuestros propios miedos quienes nos hacen verlas tan altas, o desde el lado equivocado. Texto y Fotografía: Marta Areces

Tropezar en la misma piedra

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Puedo añadir que yo soy mujer que tropieza tres, cuatro y hasta cinco veces en ella. También se dice que el hombre por naturaleza olvida más fácilmente lo malo (doy fe, porque si no fuera así la mayoría de las mujeres que juramos y perjuramos no volver a pasar por otro mal parto o cesárea, no habríamos tenido más hijos…). Así que bebes nuevamente de ese licor que te ha hecho tantísimo daño la última vez, te quemas al sol para estar moreno una temporada más, o vuelves a enamorarte de alguien con quien sabes que las cosas no serán fáciles. Serviría de escarmiento para la mayoría de las personas tener que cuidar las heridas producidas por el sol, estar tres días seguidos enfermo por ese maldito licor o volver a sufrir la pena del desamor. Aún así, algunos parece que buscamos la piedra. No sabes si se te cruza en el camino o has ido a su encuentro voluntariamente; muchas veces ni reparas en ella hasta que estás otra vez dándote de bruces. Parece que necesitamos una piedra para sentirnos vivos (incluso tropezando). Eso… o volverte piedra. Texto y Fotografía: Marta Areces