Soledad

 

 

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A veces la buscamos voluntariamente, sabiendo de antemano que tendrá un tiempo finito y la apartaremos tan pronto nos saciemos de ella. Cuando la alcanzamos respiramos hondo y solo pensamos en disfrutarla. Tiene una caducidad predeterminada: minutos, horas, a veces días… Su final llega en el momento previsto, y si la volveremos a desear encontraremos la forma de conseguirla.

Otras veces llega de forma involuntaria. Aparece disfrazada de melancolía o profundo pesar y siempre inevitablemente con el sufrimiento causado por la pérdida de algo o alguien querido. En estos casos, aunque es difícil quitársela de encima, los que te aprecian pelean contra ella. Lo normal es que poco a poco la balanza vaya cediendo ayudada también por la propia voluntad, hasta que conseguimos apartarla casi totalmente de nuestro lado.

Pero cuando llega de puntillas, sigilosamente, te coge desprevenido. Espera a hacerlo cuando estás rodeado de gente, en lugares públicos, normalmente con amigos o conocidos que te están contando algo agradable, nada puede hacerte suponer que llegará hasta ahí.

Entonces, poco a poco te dejas envolver en sus brazos mientras las risas se apagan y las personas se van diluyendo hasta que desaparecen…. Has entrado una vez más en su refugio y sientes que no quieres salir de él.

 

 

 

Texto y fotografía: Marta Areces

 

 

 

 

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